La espléndida obra de Alfonso Plou que ahora comentamos trata de cierto momento de la alta política china inmediatamente después de la Revolución Cultural. (…) Plou ha hecho algo mejor que recordar: ha reconstruido dramáticamente el enfrentamiento dentro del poder chino entre el bando capitaneado por Mao (…) y el de Lin Piao. El método de Plou es inmortal y pasa por encima de modas y modificaciones, de vigencias efímeras y de escuelas o vanguardias; es el atribuido a un tal Shakespeare, que tantos seguidores ha tenido; pensemos en Schiller, en Pushkin (Boris Godúnov), Brecht (el Arturo Ui como pastiche shakespeariano) o…, qué sé yo, en Francis Ford Copolla, además de todo el teatro romántico. El tema de la lucha por el poder escrito en escenas numerosas, tensas, breves, progresivas, cargadas de literatura (de buena literatura, eso que reprochan a este gremio nuestro algunos críticos) ha tentado a muchos grandes creadores desde Julio César o Macbeth. Creemos que nuestro colega Plou ha bebido en la fuente de esos grandes, en la historia y en la naturaleza del poder y sus ocupantes; y que con otra obra como esta no habrá quien le tosa. (…) Desfilan por esta obra (…) personajes del momento, más alguno que otro imaginario, que Plou mueve a base de acción trepidante, pero una acción que es reflexiva y trágica, basada en la palabra, en la belleza de frases y hasta de lírica, con fragmentos de Mao y otros que pudieron serlo, y que deben de ser de Plou, que se ha metido en la piel del zorro para explicar la historia de la caída y asesinato del tigre. (…) Este texto tiene olor, y ese olor es evocación. Este texto tiene sabor, y ese sabor es de épica trufada de lirismo. Este texto tiene dramaticidad arropada por palabras que son bellas y que a menudo son palabras justas, conceptos plenos. (…) Palabra, dramaticidad, teatro, acción: partes de la misma cosa. Una obra teatral extraordinaria.”
Santiago Martín Bermúdez, Las Puertas del Drama, revista de la Asociación de Autores de Teatro, Número 28, Otoño 2006.
"Singular, compleja, ambiciosa", califica Juan Antonio Hormigón a esta obra de Alfonso Plou en su presentación. Y Guillermo Heras, en su excelente prólogo, subraya la "valentía, honestidad y capacidad artística" de la apuesta "a contracorriente" realizada por el autor. En efecto, este excelente texto corre el riesgo de verse sepultado por el carácter inusual, insólito, atípico de su planteamiento. Nada menos que la dramatización del complejo juego de tramas conspirativas que se dieron a comienzos de los años 70 en torno a la defenestración y muerte del Vicepresidente del Partido Comunista de la República Popular China, Lin Piao - "el tigre"- a manos de Mao Tse-tung -"el zorro"- y sus partidarios. (…) Para escenificar un complicado juego de intereses y luchas por el poder protagonizado por personajes históricos, trufado de traiciones y corrupciones varias, Alfonso Plou elige una estructura de pequeñas unidades escénicas, enlazadas por acertadas elipsis, y un texto basado en frases muy cortas y réplicas concisas. (…)De esta forma, en "Lucha a muerte del zorro y el tigre" (…) se dan cita como referentes -nunca como mera parodia o sucedáneo- los ecos de determinadas obras de Peter Weiss, Bertold Brecht y, como acertadamente señala Guillermo Heras en el prólogo citado, hasta de las piezas de Shakespeare que abordan conflictos por el poder. (…) Es un texto de una calidad también excepcional, tanto desde el punto de vista literario como escénico. En lo literario, porque Plou acierta al elaborar su cuidadosa mezcla de terminología maoísta y expresiones líricas, hasta lograr que la primera termine por "sonar" poética y que las segundas acaben por encerrar un doble sentido estético y político. En lo escénico, porque la estructura elegida le permite dar lugar a una obra -perdón por la redundancia- "escenificable". (…) Para completar el racimo de rasgos insólitos que se producen en torno a este texto, conviene subrayar que ha recibido el Premio Internacional de Literatura Dramática Lázaro Carreter 2006, instituido por el Centro Dramático de Aragón, lo que obliga, a su vez, a subrayar el acierto y la osadía del jurado que así lo ha acordado.
Alberto Fernández Torres, ADE TEATRO, Revista de la Asociación de Directores de Escena de España, Nº 113, diciembre 2006